Largas, filiales ganas de reprocharte.
Leoncio
De sentarme a tu sombra, noche honrada.
Hoy, que desde un presidio hasta un futuro
Como un incendio puro te levantas.
Bien está que hayas ido. Leoncio Bueno
A asaltar ese banco esa mañana.
Bien está que tus versos hayan ido
Contigo estre las rosas y las armas
Y bien está que hayas vendido cara
Tu libertad ardiente tus palabras.
Bien está, Leoncio Bueno.
Pero mal que en las tardes
En algún bar no me dijeras nada
Mal que yo tenga que enterarme ahora
Por los diarios y no por la mirada,
Mal que me hayas dejado solo, ansioso
De robarte las manos, de robarte
El valor me falta
Para que nunca mas para que siempre,
Para que de una vez, al fin, la patria.
Por aquestas ganas de reprocharte,
Leoncio,
Una cerveza entre los dos hablando
De lo bien que callabas, y una pena,
Como una tarde devastada blanca
La sonrisa de tu rostro pincelada
En un sol de papel
Carbón tu cara.
Cesar Calvo, agosto de 1962.
miércoles, 5 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
M A L D I T O S C A R R O S
Antes, las calles se construían,
Para brindarle paso a los Hombres y a los Dioses.
Ahora, todo está sometido,
A la turba infernal de los automotores.
Los automotores son enemigos del Hombre,
y de los Dioses.
¡Cuídense poetas de los automotores!
Ellos persiguen con saña,
A los mortales y a los inmortales.
Un camión destrozó la divina esperanza a Dante Nava,
Y un asesino del volante al eterno Alejandro Peralta,
Una locomotora-en Argentina- a Lucho Hernández,
Un taxi enloquecido la ardiente sombra de Juanito Ojeda,
Otro mas loco aún, despedazó las alas de Fernando Vidal,
Y negras ruedas dejaron como estampilla,
Al Jilguero del Huascarán.
Y, no olvidar, que el mismo fin tuvieron,
Proletarios de méritos muy dignos,
Mi compadre Quiróz y el vecino Montalvo.
Cuídense, inmortales.
Cuídense de los automotores.
Porque, ellos sí, podrán matarlos.
Cuídate Arturo, cuando vienes o vas de Santa Ines,
Cuídate de los monstruos de diez y ocho ruedas.
Cuídate Juán Ramírez, Verástegui,
Luis La Hoz, amados tricontinentales.
Enrique Sanches Hernani, amado tetracontinental.
Porque ustedes andan por las calles,
Pisando nubes con los ojos,
Y volando, en pos,
de inexistentes lunas...
Para brindarle paso a los Hombres y a los Dioses.
Ahora, todo está sometido,
A la turba infernal de los automotores.
Los automotores son enemigos del Hombre,
y de los Dioses.
¡Cuídense poetas de los automotores!
Ellos persiguen con saña,
A los mortales y a los inmortales.
Un camión destrozó la divina esperanza a Dante Nava,
Y un asesino del volante al eterno Alejandro Peralta,
Una locomotora-en Argentina- a Lucho Hernández,
Un taxi enloquecido la ardiente sombra de Juanito Ojeda,
Otro mas loco aún, despedazó las alas de Fernando Vidal,
Y negras ruedas dejaron como estampilla,
Al Jilguero del Huascarán.
Y, no olvidar, que el mismo fin tuvieron,
Proletarios de méritos muy dignos,
Mi compadre Quiróz y el vecino Montalvo.
Cuídense, inmortales.
Cuídense de los automotores.
Porque, ellos sí, podrán matarlos.
Cuídate Arturo, cuando vienes o vas de Santa Ines,
Cuídate de los monstruos de diez y ocho ruedas.
Cuídate Juán Ramírez, Verástegui,
Luis La Hoz, amados tricontinentales.
Enrique Sanches Hernani, amado tetracontinental.
Porque ustedes andan por las calles,
Pisando nubes con los ojos,
Y volando, en pos,
de inexistentes lunas...
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